miércoles, 27 de agosto de 2008

Alfonso

Aquí esta se los presento se llama Alfonso, le da vergüenza que diga su nombre; para él es odioso pero no queda otra opción: es legado del abuelo, maldita costumbre familiar, diría él.
Alfonso es flaco, tiene el pelo del color de la almendra, sus ojos son grisáceos, tiene un humor ácido, sarcástico, trabaja, como lo indica también la maldita costumbre familiar, con Enrique: su padre.
Su vida se trata del trabajo mayoritariamente y de alguna que otra salida a algún escondite del pueblo. Cree que es feliz, lo presupone, en realidad nunca se detuvo para entender que era la felicidad. Es que, con los números, las corridas cotidianas, ese término no entra en su diccionario.
Debo confesar que además, para seguir sumando cartas a Alfonso, éste se caracterizaba por tener una inteligencia insuperable obtenida por prestigiosos estudios.
Para él no hay imperfectos, pues él no lo es, entonces, nadie debe serlo en su mundo. Consejo: no logres confundirte delante de éste hombre, suele enfurecer fuertemente ante tales hechos. Por que; su carácter puede atravesar una brisa calma asemejada a un atardecer de verano o una feroz tormenta de un agosto cualquiera, no existen los otoños o las primaveras para éste joven.
Alfonso esta sólo, vive sólo, no conoce la definición del amor, tal vez, conoce la palabra Clara y quizás ésta sea lo más parecido a aquello que cite anteriormente.
Clara era; joven, alta, con ojos color miel, y pelo color chocolate. Tenía una risa contagiosa que hacía agradar a todo el pueblo de Cañuelas, principalmente al sector masculino. Era irónica y a la vez atrevida, desafiante. Muchas veces hasta parecía la antítesis de Alfonso.
Ella era la combinación exacta entre la perfección y la prohibición para éste inteligente hombre: era lo que se deseaba con locura, hasta enloquecer, pero que no se podía ni tocar, ni tampoco besar.
Pero entonces, ¿Qué sería lo prohibido?, ¿Clara estaría casada?, pues no, eso no era un impedimento, ella estaba en una inmensa soledad al igual que él. Pero… ¿Qué es lo que ocurre?
Ocurren lazos irrompibles, lazos que ni los más feroces vientos pueden desatar, unidos por una roja oscura, y densa sangre.
Ellos, desde niños siempre fantasearon con poder quebrarlos, era algo anhelado, deseado, sublime, y a la vez algo prohibido, algo que, si llegara a suceder, traería bajo si una manta de tragedia.
Y sucedió, para ser más exactos, un martes a las seis y media de la tarde. Si un martes, Alfonso salio de la empresa velozmente como una estrella fugaz hacia la plaza principal del pueblo. Allí estaba ella, con mirada altanera, esperando el momento. Todo era con soberbio disimulo había gente en la plaza, y como todo pequeño pueblo, se comenta después. Los dos se fueron a tomar una lágrima al bar de la esquina, se sentaron en una mesa alejada de la gran muchedumbre.
Mientras se saboreaban la lágrima se miraron, sus manos se rozaron, y se balbucearon algunas palabras. Ella estaba sonrojada, él tenía una gran palidez en su rostro. Ninguno podía creer, lo que en unas horas se consumaría.
Antes, habían pensado en ir a un hotel alejado del pueblo, pero no fue el caso, al final el hecho se sucedería en la quinta, conocida como La Rosenda, lugar que se encontraba en San Vicente, recordatorio de numerosos veranos juntos cuando eran niños.
Se besaron, se tocaron, sus cuerpos se hicieron uno. Existía la felicidad, Alfonso la empezaba a comprender. La comprendió, si, el joven logró lo impensado en él: ese término no era un invento de la gente: era verídico, real.
Pero claro, falta algo, esto como dije anteriormente, vendría de la mano de una tragedia. Teñida del color del lazo que los unía.
Todo había terminado, parecía el paraíso, ella se levanta, él, pareciese que va tras ella, pero no. Se dirige hacia el armario lo abre con temor, su mano nuevamente comienza a temblar, algo estaría a punto de estallar.
Clara, nuevamente se recuesta, y ahí también nuevamente aparece él, esta vez, ya no con ese estado de hace unas horas atrás: su rostro estaba pálido, demostraba dolor, pero al mismo tiempo, su corazón sentía que debía hacerlo, las horas se consumían, ya se estaba acercando la madrugada.
Y la acción no se hizo esperar: con el dolor que estremecía todo su cuerpo Alfonso acabo con la vida de Clara: la culpa de lo consumado, el amor que sentía hacía ella debía tener un fin, y para él ese era el fin.
Lo fue, ese fue el fin del amor, fin que nadie supo, nadie se entero, ni pensó. Luego de lo ocurrido, se fugo hacia quien sabe donde, no hay rastros de este hombre. Sólo se sabe que se marcho, para no volver jamás. Ahora bien; con respecto a lo de Clara todo quedo como un perfecto suicidio.

4 comentarios:

lahijadelsilencio dijo...

Amo tus escritos
Quiero leer mas
se viene el libro nooo?
te kiero corazooon

Vertigo dijo...

Gracias por pasar por aqui..y pronto el libro!Antes que me olvide nunca agradeci a Julet por la aparición de Antonio.....

lahijadelsilencio dijo...

siiii.. quiero libroo!
y quiero que sigas posteando más cositas si??
Yo me estoy poniendo las pilas con mi blog vistee?

Mariana de Cabo dijo...

Increíble el poema!!! me voy a pasar otros días por acá para leer tus cosas. Te invito a mi blog: https://aunamendigapelirroja.blogspot.com